
NARRATIVAS DE UNA MEMORIA COMPARTIDA
Hay fotografĆas que parecen hablar en silencio. Espacios que, aun vacĆos, contienen una presencia. Objetos que miran de vuelta, como si conservaran la memoria de lo que alguna vez fue vivido, aunque ya nadie pueda recordarlo. Esta serie, Los recuerdos que no recordamos, surge de esa frontera ambigua entre la imagen y el olvido: el lugar donde la mente decide borrar para poder sobrevivir. En la psicologĆa del trauma, se conoce como amnesia disociativa al mecanismo por el cual la mente bloquea recuerdos de experiencias dolorosas āabusos, violencia o abandonoā para proteger al individuo del impacto emocional. No se trata de un olvido casual, sino de una forma profunda de defensa. El cerebro crea zonas de sombra donde la memoria no puede acceder, como si esos fragmentos de vida quedaran sellados en un silencio interno. Pero lo reprimido no desaparece: se filtra. Vuelve en sueƱos, en sensaciones sin nombre, en imĆ”genes que parecen familiares pero no lo son. AsĆ, los espacios cotidianos āuna habitación infantil, un columpio vacĆo, un retrato difusoā se convierten en metĆ”foras del vacĆo psĆquico. Lo que el ojo ve, la mente no siempre puede nombrar. Cada fotografĆa de esta serie busca representar la ausencia como forma de presencia. La infancia aparece como un eco, un espacio suspendido en el tiempo donde algo ha ocurrido, pero ya no puede recordarse. La cĆ”mara se convierte entonces en un instrumento de arqueologĆa emocional: no documenta la realidad visible, sino las huellas invisibles del recuerdo perdido. A nivel psicológico, el proyecto se inscribe en la teorĆa de la memoria implĆcita āaquella que no se recuerda conscientemente, pero se manifiesta en el cuerpo, los gestos, las emociones. Los escenarios vacĆos, las luces suaves y las sombras difusas funcionan como sĆmbolos del trabajo inconsciente de la memoria traumĆ”tica. El espectador no ve el trauma, sino su ausencia: el espacio exacto donde la mente calla. En Ćŗltima instancia, Los recuerdos que no recordamos no busca mostrar el dolor, sino hacer visible su silencio. Invita a mirar los vacĆos, a reconocer lo que falta, a entender que el olvido tambiĆ©n es una forma de relato. Porque hay memorias que no se recuerdan, pero siguen habitando en nosotros āen lo que somos, en lo que tememos, en lo que callamos.












